Edificio exento situado en las proximidades del núcleo.
Se trata de un edificio en avanzado estado de ruina que, sin embargo, conserva todavía visibles una parte sustancial de sus componentes y tiene interés arquitectónico, ya que algunos de sus rasgos estilísticos no son muy frecuentes en el territorio. Es un edificio de planta rectangular, con cabecera recta más estrecha y baja orientada al este. Está realizada en mampostería careada, bastante cuidada, dispuesta en hiladas regulares, y no conserva restos de la cubierta exterior. Tiene la cubierta de la nave totalmente hundida y los muros laterales caídos en su parte superior. La portada se ubica en el lado de la Epístola, próxima a los pies, quedando únicamente el vano, pues han sido expoliados sus elementos de cantería. El interior es de gran interés. Por un lado, se conserva la cubierta de la cabecera, que es en arco muy apuntado, y los muros laterales. A éstos se superponen por el interior, a todo lo largo de la nave, dos arcosolios en cada lado, en arcos de tres centros de gran luz.
La nave se cubría con estructura de madera a dos aguas, cubiertas en el exterior por lajas.
La escasa iluminación entraba a través de tres estrechas y aspilleradas ventanitas practicadas, dos en el muro meridional (abocinadas hacia el interior) y otra en el hastial de la fachada oeste.
En los muros laterales se abren dos grandes arcos de medio punto, configurando cuatro vanos a modo de capillas, en uno de los cuales (al sur) se abre la pequeña puerta de acceso
El suelo estuvo empedrado (pero no resulta visible en la actualidad).
La bibliografía apunta a la hipótesis de que en su origen los vanos enmarcados por los arcos laterales estuviesen abiertos, permitiendo un doble uso, como ermita de la Virgen y esconjuradero, desde donde se bendecirían los términos cada primavera, puesto que los paños de muro con que después se cerraron, están literalmente adosados a dichos arcos y con unos materiales constructivos de diferente e inferior calidad.
La fachada del altar estaba decorada con pinturas murales de tipo popular (características del gótico tardío), dispuestas a modo de retablo. La figura central representaba a la Virgen con el Niño, flanqueda por la escena de Pentecostés (derecha) y la Epifanía (izquierda). En la parte superior había una Crucifixión, con un Cristo silueteado, y a los pies la Virgen y San Juan. En 1971 se encontraban ya muy deterioradas, cuando fueron fotografiadas y descritas por Luis Fernández Fuster, arqueólogo y maestro de Basarán en los años cuarenta, testigo, junto a los vecinos, de su existencia, pero hoy se encuentran totalmente desaparecidas.
El acceso se realiza por un vano orientado al sur que abre en arco de medio punto rebajado apoyado sobre ménsulas.
Junto a la fachada oeste había un cementerio medieval con sepulturas de lanas de piedra y un crucero cilíndrico o “barrón” indicativo de lugar sagrado que no resulta visible en la actualidad.